Presentación

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Me llamo Antonio de Zayas Ramírez y tengo 31 años.

Y, al parecer, eso es todo lo que sé decir de mí sin titubear demasiado.
Llevo horas escribiendo y borrando todo lo que pongo porque, a la hora de presentarme soy nefasto. Es así. Con 9 años mi profesora de la escuela tuvo que llamar a mi madre por las increíbles habilidades creativas que tuve transformando un dictado de un texto narrativo en uno en verso mientras ella iba dictando. Sin perder el significado o el mensaje, claro. Y todo porque me aburría. He escrito cosas horribles en mi día a día, y cosas buenas. Realmente buenas. Pero a la hora de hablar de mí, no sé qué decir.

Este pequeño párrafo  que llevo, por ejemplo, puede haber sonado prepotente, estúpido o típico. ¿Qué hago? ¿Lo borro y empiezo de nuevo? Si lo hago, nunca acabaré esta carta. Así que seguiré a mi atrofiado instinto y seguiré hablando un poco de mi para que entendáis mejor por qué ese párrafo ni es prepotente, ni es estúpido ni, por supuesto, típico.

Tuve la suerte de nacer en una familia cuya imaginación parecía no poder medirse. Siempre nos sorprendíamos con algo diferente y rompedor. Mis padres en lugar de leernos cuentos, nos narraban películas. Mis hermanos me empujaban a soñar con personajes de ficción y otros mundos en los que la realidad distaba mucho de ser la convencional. Recuerdo que, siendo pequeño, mi hermano Jose me proponía un juego divertidísimo: Consistía en ponerme música clásica e imaginarme con cada canción una escena entera. Yo no lo sabía por aquel entonces, pero cuando mis compañeros de clase empezaban a aprender a escribir, yo conocía, de forma instintiva, qué era la “presentación”, el “nudo” y el “desenlace” gracias a ese tipo de juegos que me estaba enseñando, sin querer, a construir historias – para mí – impresionantes.

Mi hermano Dani, por otro lado, se dedicaba al cine. Tenía una productora con unos amigos y hacían cortometrajes. Cuando tenía 5 años, protagonicé el primero. En él, me tenía que meter dentro de la piel de un crío que tanto le gustaba el higadito que le cocinaba su madre, que acabó consiguiéndolo por otros medios… Nunca se volvió a ver al pobre gato. Ahí aprendí que los personajes de las historias no tenían por qué ser semejantes a uno mismo. Sino que podían ser lo que quisieran… ¡Cualquier cosa! Acababa de abrirse una puerta increíble delante de mis narices y la iba a cruzar corriendo con uñas y dientes si hiciera falta. Nada me pararía.

Tenía tanto que contarle al mundo. Tantas historias que desarrollaros, tantos paisajes que describiros, tantos personajes que presentaros… No sabría explicar qué significaba (y aún sigue significando) tener delante un folio en blanco y un lápiz o bolígrafo. Es una sensación especial. Es la sensación más absoluta de “Poder” que he llegado a experimentar. Al menos, es el único “Poder” que realmente aprecio y deseo.

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De ese modo, estuve grabando cortometrajes con mi hermano hasta los 12 años, donde me metí en un grupo de teatro. Allí pude ver que la magia sí existía. Era lo que hacíamos. Magia. Me enamoré del teatro. De TODO lo que suponía el teatro. Del olor a madera, tela y maquillaje, de los focos, de los ensayos, de las memorizaciones y de soltarlo. De los ejercicios y los compañeros con quien tenía que hacerlo. De la evolución propia y de quien me rodeaba. Ver cómo la compañía progresaba poco a poco con solo nuestro esfuerzo. Allí escribí mi primer guión.

Ya había ganado diversos concursos regionales y nacionales de relato por aquella época y me pidieron que escribiera un guión. Lo hice y todo el mundo se creía que me había ayudado mis hermanos o mis padres… Recuerdo que lejos de enfadarme por no creerlo mío, me sentí alagado. Me parece que esa fue la primera vez que creí en mí de verdad. Tenía algo… mínimo potencial.

A los 18 años me metí a trabajar en producción con la película “Solas”. Fue un trabajo duro, pero como yo había crecido en un set de rodaje, estaba cómodo con el ambiente y el equipo. Mucho de ellos me habían visto dar mis primeros pasos. Estaba en familia. Y, desde entonces, no he tenido ni un único año sabático que me alejara de cualquier rodaje. Siempre he estado aportando todo lo que he podido en cada proyecto.

Ver cómo cobraban vida los personajes escritos a través de los actores y el trabajo del director me tenía fascinado. Aún me fascina. Y trabajo duro para ver, algún día, mis personajes sonreírme. Hablarme. Preguntarme qué tal ha ido mi semana. Darle vida a una consciencia fruto de mis desvaríos e imaginación y presentároslo. Esa es mi meta, mi sueño y creo que el mejor regalo que puedo ofrecer al mundo.

Por ello estoy –y siempre estaré- agradecido con todas esas personas que me han ido enseñando, corrigiendo y ayudando a que ese sueño sea, al fin, posible. Son ya 26 años trabajando en ello. Espero que os guste mi regalo.

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Muchas gracias por dedicarle un rato de vuestra vida leyendo mi presentación. No sé si habrá sido prepotente, estúpida o típica, sinceramente, pero me quedo tranquilo sabiendo que, al menos, ha sido tan real, interesante y de corazón como lo ha sido mi vida misma y, como espero, lo siga siendo.

Muchas gracias.

 

Antonio de Zayas Ramírez.

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